Vicente Vargas Ludeña
Gabriel García Márquez, en una conversación alusiva a su futura biografía, frente al escritor Gerald Martin, quien sería el que la lleve a cabo, dijo: “Bueno, supongo que todo escritor que se respete debería tener un biógrafo ingles”. Y, G. Martin es ingles. El mismo, que lo anduvo persiguiendo diecisiete años como perro sabueso, para descubrir y divulgar los más íntimos secretos del autor de “Cien años de soledad”; dentro de lo que el karma del perseguido podría despedir. G. Martin, termina escribiendo la biografía, no autorizada, pero si tolerada, según el propio García Márquez. Sin embargo, mas tarde expresa, que él será, lo que Martin diga al final del día.
La obra de setecientas once paginas, se llama “Una vida”. Debo confesar que pocas lecturas me atrapan con esos garfios que se hunden en el placer y el disfrute de principio a fin; al cabo de lo cual se sueltan, entonces uno reacciona, pensando y masculla ¡Que bien…carajo! Una vida así, debe ser vivida con toda la intensidad, energía, y sobre todo, con la creatividad que solo, este ya mítico, Araqueteño-colombiano, pudo vivirla - aunque todavía se bate a duelo con la desmemoria-.
El biógrafo teje una retícula modular, que se convierte en un prisma caleidoscópico; y ofrece al lector diferentes percepciones y sensaciones; pero los colores que asoman son hologramas de una sola vida: su complejo árbol genealógico, como compleja fue la estirpe del coronel Aureliano Buendía; la insignificancia del pueblo donde nació, Aracataca, como insignificante fue el origen de Macondo; la dignidad guerrera del abuelo, Nicolás Márquez, como la empecinada e inclaudicable fue la vida del coronel Aureliano Buendía; la laboriosidad de enjambre de Tranquilina y Luisa Santiaga, abuela y madre respectivamente, y la longevidad de esta que muere a los 97 años de edad; son remedadas en “Cien años de soledad”, con Ursula Iguaran y su progenie, todos, habitantes de casonas pobladas por seres vivos y fantasmas, llenas de desasiego y hastío. Nada en la vida del gran Gabo narrada por Martin, esta suelto. Todo esta dibujado en un solo mapa ontológico: el soñador, el creador, el idealista, el comprometido políticamente, y fundamentalmente el fabulador, narrador de ficciones preñadas de presagios, reflejos de fuerzas telúricas mágicas y hechizadas de esta América mestiza. Hechizos que jamás lo abandonarían, ni en la cumbre más alta de la racionalidad que la civilización occidental ha creado: el reconocimiento universal al pensamiento, el Premio Nóbel. En la rigurosidad del protocolo, cuando caminaba ceremonialmente en un auditórium encandilado por las luces, la majestad y la pompa del acto, se acercaba al Rey de Suecia para recibir de sus manos la presea mas codiciada que escritor alguno pueda soñar: el Premio Nóbel de Literatura, dijo a sus amigos que lo acompañaban: “mierda, parece que estoy asistiendo a mi propio entierro”.
Seguir hablando de García Márquez en la postmodernidad puede resultar fuera de la onda beat. Pero, ¡Acaso no seguimos leyendo El Quijote e incluyéndolo en el lenguaje cotidiano, escrito hace 405 años! Estoy convencido que igual que a Cervantes, se seguirá leyendo Cien años de soledad y toda la fantasía creada por Gabriel García Márquez: hasta el regreso del Cometa, para robarle la hipérbole y la desmesura.
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