Arq. Vicente Vargas Ludeña
Difícil misión a mi encargada: venir a exponer la lectura de una novela, que, como siempre me ha sucedido: el placer a esa afición ha sido íntima y solitaria. El problema planteado aquí, también, es mi carácter pagano en estos rituales literarios y la presencia de un intruso en estos cenáculos. Existen otras circunstancia aleatorias en este dilema, que mi amigo Jorge Velasco Mackenzie me involucra; no soy miembro de esta cofradía sacerdotal de alquimistas, que transforman la realidad con la palabra, no poseo, como dice Vargas Llosa, “los demonios” necesarios que debe tener todo escritor, y que por lo visto a Velasco le sobran.
Hay más dificultades para mí en ésta tarea: bajar desde el disco duro, -para hablar en lenguaje digital- enriquecida con ésta lectura, emociones y sensaciones estéticas creadas en mí, por el mundo ilusorio y fantástico de tantos demonios que habitan en “Río de Sombras”. Despojarme de esas entelequias que se impregnan en el alma y que rielan en ella hasta que el tiempo las desvanece; me parece el proceso inverso que el escritor realiza.
El acto de hoy, como todos los que tienen que ver en el arte, tiene un fin esencial –independiente de otros, que también existen- el disfrute, el goce del espíritu que se agita rápidamente; ahora con esta novela, mas luego con una poesía, o una pintura de ayer. Nadie podrá encontrar nada útil y práctico en esto. Un pragmático inquisidor preguntaba para qué sirve la poesía, de vuelta se contestaba: para nada. Sin embargo eternamente se ha hecho, se hace y se hará poesía; eternamente también, mientras exista lo humano en el ser. Nuestras cualidades ontológicas –metafísicas para Aristóteles- en el mundo racional que debemos armarnos (lógico), el mundo vital en que la muerte no es la razón, (ético) y el mundo del placer, la alegría y la felicidad (estética) son nuestras humanas condiciones, nuestras humanas certezas. Al fin y al cabo todos nacemos poetas “lo de poeta y loco” del saber popular, resume verdad.
Parafraseando a Savater sobre su empecinada e innata necesidad de filosofar sobre la vida -sobre la muerte se encarga las religiones- la cualidad poética que llevamos desde los primeros años, poco a poco las circunstancias, los maestros y las urgencias nos van convirtiendo en gente de provecho. Por lo menos a mí me pasó, por eso, en arquitecto debí convertirme, sobre todo por las urgencias.
Entonces ya vamos definiendo el perfil de lo útil y lo práctico, tanto de este ritual, como la tarea de escribir literatura; pero debemos señalar algo mas: ésta tarea a más de inútil es peligrosa, el escritor proporciona a la sociedad una conciencia inquieta, que si es persistente e inquisidora entraña un potencial destructivo. Es por eso que las clases dirigentes a veces pensionan y fiscalizan a la vez, esa amenaza. Pero esto, es otra cosa, la obra de Jorge Velasco Mackenzie no adquiere, todavía, la categoría de amenaza para las élites, aunque sin inquieta a los teóricos.
Con estos prolegómenos, que me sirven para asustar al miedo y mientras se apoderen de mí, también, algunos demonios; de una ves les diré, que diablos pasó con la lectura de Río de Sombras.
Volcarse en la lectura de la narración de la obra que hoy, nos ocupa, sin llevar en la espalda la sombra del autor, no es fácil. Aceptar al ó los narradores con toda su autonomía que exige la correcta lectura, no resulta llevadero. Conociéndonos tanto con Jorge en diluviales naufragios etílicos allá en la cordillera, donde nacen riachuelos afluentes del gran Río, como no lo voy a confundir con Basilio y su trópico seco. A Dalton Osormo con el ciego Moran y yo mismo con Hermenegildo. Para alegría no somos aquellos, acaso sus sombras, Dalton me dará la razón. Me ha costado mucho aceptar al narrador omnisciente y ambiguo que ha diseñado Velasco en esta compleja arquitectura literaria, que los entendidos la llama la estructura de la novela.
“La ficción no es la vida vivida -dice Vargas Llosa- sino otra vida fantaseada con los materiales que aquella suministra y sin la cual la vida verdadera sería más sórdida y pobre de lo que es”; ésta, la ficción, es el suelo donde cimenta y levanta ésta laberíntica edificación, Río de Sombras, de varios niveles y construida de varias sustancias: el agua, la tierra, el manglar y la sombra etérea; habitados por seres nihilistas, esperpénticos, estragados por la incertidumbre; la misma que, adquiere razón práctica en la existencia de estas criaturas, que esperan su irremediable destino fatal: ser devorados por la sombra.
Los objetos y la ciudad adquieren en la novela, dimensiones caleidoscópicas, ensoñadoras, impregnadas para siempre en la memoria, gracias a la ficción, confeccionada con todos los remiendos de la “vida vivida”. Aquí debemos incorporar la nuestra, porque se trata de la ciudad que habitamos. Esta misma esquina que nos encontramos hoy es parte de la ciudad que Velasco Mackenzie se endemonió reconstruir en Río de Sombras.
Reflexionemos un momento: ¿como encontrar las poéticas ensoñaciones en una ciudad, descrita turísticamente, es decir como reflejo de una fría realidad, enumerando un listado de sitios de “interés”?; será rica y agradable para algunos, en la mayoría despistados y sosos. Si es el lugar de trabajo, cuando esta lo “hizo Dios como castigo” -como dice el son-, qué sensación y placer puede despertar?. Peor, cuando subyacen bajo el oropel, miles de seres buscando un mendrugo en los basurales, desde nacen las formas de la abyección y marginalidad. Todo eso es real y patético, pero no es la ciudad que debemos soñar; los ensueños que nuestra cotidianidad urbana cimenta en la conciencia, son el producto de esa realidad, hasta hostil a veces, más la fantasía que alimentan las utopías; somos hilachas de las urdimbres que la ciudad teje en las redes urbanas y como en las polis cual fragua se templa el zoom político, el filosofo, el sabio, el héroe, también los antihéroes, el placer y la tragedia; materiales necesarios para construir una vida. Todos los nombres que se reconocen en el Río de Sombras, son hijos de la ficción, pero también pueden ser hijos de esta realidad temporal.
La historia de la ciudad del sur que narra el ciego Morán, es la ciudad –puerto impregnada de aventura y señorío, rescoldo de pólvora dejada por bucaneros, de riqueza y asombro por todos lo que venían de allende los mares; desde el barco mismo, que por su colosal tamaño desafiante, su fugaz y enhieste figura, hundido en la mitad del río, el ronco, pero potente llamado a los suyos que en las noche gemía, era señal urgente que mañana ya no estaba. Todo eso constituía: pujanza, novedad, perplejidad, urgencia, abolengo, sudor, esperanza, atracción; a los suyos y visitantes.
La prosapia marinera de la ciudad circulaba en el torrente cultural de sus habitantes ,la nave, el barco, la lancha, la panga, la piragua, el vapor, la canoa, son significantes de una forma y hasta un estilo de vida. El constructor urbano, el arquitecto, antes que aquello, eran armadores de barcos; el arquitecto que ocasionalmente llegó por estas riveras, solo trabajaba con barro y piedra, y este material, era lo que menos había. Por lo tanto, el barco es resultado de la nobleza de la madera, aquella expresión formal del material y la expresión final de la forma, adquiría dimensión canónica en la construcción de edificios de la ciudad. El constructor era un “carpintero de ribera” él y solo él sabía sacarle a la madera sus cualidades físicas y estéticas. Esta impronta marinera es la génesis y el telos, el alfa y omega, de estaos rezagos de generaciones en Río de Sombras. Regresar al mar, venir del mar, navegar el golfo, bogar por el río de norte a sur –de sur a norte por los meandros que forman las islas, cuyas islas están pobladas por aves y todas las formas de vida que alimentan el manglar. Retornar al manglar, a buscar fantasmas por encargo de Lavinia; construyendo catedrales, y falansterios, laberintos de pesadillas en las raíces del mangle, en las nervaduras góticas de este enmarañado ramaje, es precisamente esa conciencia fantasmal que se preñan los que medran en la soledad y vastedad del mar. Ahora mismo, regresó un hijo mío de sus prolongados periplos marinos, claro que, no es capitán ni marinero, sus afanes técnicos lo tienen hasta 60 días en el mar, 15 días en tierra; en el medio blando, el aislamiento y la soledad los obliga a alimentarse del mito, y sus relatos me han sacado momentáneamente de mi asiento firme y mi referente urbanos.
“Barcos carboneros que jamás han de zarpar. /Torvo cementerio de las naves que al morir piensan que otros mundos ya jamás han de partir”.
Rasga la letra del tango lastimero que llora la pena de cascarones moribundos, llenos de nada, cargadas sus bodegas de repleto silencio, arropados por la sombra del olvido, naves cancerosas de herrumbre, naufragando en los recuerdos de sus torvas travesías, chapaleando la quilla sobre espumosas olas y desafiando ciclones, polifemos y sirenas, para cual Ulises, regresar a casa. La imagen del barco naufragado en la orilla, escorado en la arena, es el drama de enormes reminiscencias, es la representación trágica del poder y la nada. Escenario patético de toda ciudad porteña. ¿Serán acaso íconos y símbolos de Guayaquil que no retornaran? ¿Serán las ultimas reminiscencias que Jorge Velasco Mackenzie nos ofrece, para después de esto, voltear la página y cerrar el libro?. A lo mejor es un camino par reinventar la ciudad, lo dicen sus narradores, hasta juegan en un tablero como dominó quitando y poniendo piezas trozos de ciudad de acuerdo a su real entender y saber. Debemos recordar que la historia tiene cifradas las ciudades que se han agotado, envejecido; sería mejor: que agonizan, que han muerto y desparecido, como la hermosa Troya o la sagrada Teotihuacan. La ciudad es un organismo vivo, no el espacio reticular ajedrezado, tampoco las fajas negras de asfalto –a mayor faja negra mejor güisqui-, ni los amasijos de hormigón armado, la ciudad es eso, mas la multitud secular de sus habitantes y las ficciones; de esto ya hablamos.
“La ciudad –dice Arnold Toynbee- es una agrupación humana cuyos habitantes no pueden producir, dentro de sus limites, todo el alimento que necesitan para subsistir”. Guayaquil se caracterizó por ser intermediaria de si misma y de otros pueblos regionales, su hinterland magnetizó por décadas a todos los pueblos que se satelizaron hasta el presente. Pocos han logrado liberarse de esa atracción gravitatoria. Quevedo sería la ciudad más notable, un poco Milagro, etc. Pero hablemos de la ciudad acorralada por el río, esteros y marismas, como la ciudad amurallada del medioevo, para traspasar esos limites, pasar del caserío a la polis, de esta a la metrópolis, edad donde hoy estamos asentándonos, de aquí a la megalópolis, y lo que nosotros ya jamás viviremos la Ecumenópolis. La historia es el bálsamo del entendimiento que nos ayuda a comprender el lugar que ocupamos, para reforzar sentimientos de identidad y pertenecía indispensable en el ejercicio de la virtud vital y creadora.
La ciudad que encontramos en Río de Sombras, es a no dudarlo núcleo y crisol de identidades, que no tienen urgencias y mas bien una urbe que atraviesa con lentitud la transición que el tardío desarrollo industrial provocó, a un proceso de conurbación que no se detiene ni se detendrá, hasta la conurbe regional, es decir el crecimiento como hongos de las megalópolis que se ven en los países desarrollados hacia la fusión en una Ecumenópolis. Este fenómeno que el urbanismo denomina conurbación, en Río de Sombras adquiere dimensiones macondianas. El ciego Morán, narrador de esta fábula, relata las luchas heroicas de cómo fueron urbanizadas por los propios invasores los guasmales del sur, perteneciente a un poderoso terrateniente Don Juan X; equis, no por anónimo, sino, por décimo, de dinástico. La necesidad, la urgencia de un espacio vital para construir un hogar, despierta a esta masa humana: coraje, tenacidad y talento; el trazado de calle, la lotización de la tierra de cada cual, lo realizan a tanteo de piola y estaca. Para constancia documental, lo estampan como plano regulador en una enorme sabana, como lienzo sagrado de un sueño materializado.
El autor de la novela mueve a sus engendros en una ciudad que se agota en la memoria de los años 50-60. Traza una poligonal y cierra un triángulo equilátero de cuyos lados, uno lo limita y lo define el Río de Sombras, amenazado de ser ahogado por la umbra. Los otros lados de la figura geométrica se encuentran difusos en sus límites.
El cerro al norte, desde donde bajan los recuerdos de sus habitantes, Basilio y sus panas; constituyen un vértice; al sur la cantina y la fonda del Mercado Sur, y el parque de los cien años, son los otros dos vértices de esta figura bidimensional de la ciudad. Cada lugar esta poblado por íconos, que se transforman en hitos y nodos urbanos; son también nuestros referentes en el lenguaje de la ciudad. La torre del reloj como faro del tiempo cronológico y del tiempo histórico, en el malecón. El sátiro y la bacante en el parque, donde sensualidad, erotismo y lascivia, son los estímulos para el comercio de la carne, no de la vacuna precisamente. El parque de los cien años, es otro referente urbano, desde donde llegan y parten, citas y encuentros furtivos; las cuatro puertas son las coordenadas de una estatuaria que se encuentran en la columna central alumbrando libertad; el tráfico de este espacio público es incesante y abrumador. Toda la ciudad, cada día se plaga: de agoreros, santones, hermanitos, bíblicos que anuncian el fin del mundo, energúmenos, rufianes, maricones, putas, cabrones y toda la abyección que van costrificando las calles y plazas públicas. Por supuesto que existe otras costra humana parasitarias y rapaz, en los espacios hiperprivados: clubes, bancos, corporaciones, cámaras, gremios, repugnante y abyecta, también.
La novela que nos ocupa hoy, es una profunda reflexión ontológica, de sus criaturas marcadas por la tragedia; el destino y la fatalidad son frías cadenas que los atrapan y esclavizan; la adversidad, la incertidumbre son coordenadas difusas de estos antihéroes. Si la visión trágica del héroe es la consideración eficaz de la libertad, que no admite fatalismo ni superstición y está mas cerca en la plenitud de su sentido; el ethos de Basilio y sus congéneres carece de libertad están impedidos de hacer lo que quiera, ni de desear lo que quiera. Ser libre no significa obtener lo que se quiera sino determinarse a querer (capacidad de elegir) por si mismo, sostenía Sartré. No ser libre es, no tener opción de elegir, es caer en manos de la suerte y el destino, con la visión trágica del pesimista. El carácter de las criaturas que habitan Río de Sombras, esta en manos del albur, la suerte; y sus vidas: son de principio a fin azarosas. “El héroe –dice Savater- aspira a la perfecta nobleza , es decir que a su deber no se le imponga como una coacción exterior, sino que consiste en la expresión mas vigorosa y eficaz de su propio ser”, (hasta aquí , la cita) Por eso, el esplendor y la tarea del héroe, se aprecia cuando su vida cae vencida, no por el destino aciago, sino por luchar; el héroe es aristócrata y noble porque es portador de la virtud, porque entrega parte de sí, “una joya , un resplandor”, prácticas, que son más fáciles de de comprender de que expresar. Es la que en lenguaje comercial ahora llaman excelencia, pero no es eso, a lo que me refiero. La existencia ontológica de las criaturas de la novela, lleva en sus vidas la impronta de la visión trágica, del antihéroe, de tal manera que, sus vidas como son de sueño, es decir de muerte de la memoria, como aquellas “barcos carboneros ue jamás han de partir”; la desmemoria se encarga de apagarlos como una lánguida vela de cebo.
Velasco, cierra esta visión trágica de la libertad imposible del antihéroe y de la memoria desvanecida. En los últimos minutos del día; basilio, pesca desde el fondo del mar, su propia historia y la ciudad que siempre estuvo buscando a pesar de tenerla a sus pies. En materiales fantasmagóricos, y caligrafías casi dactilares, se reconoce que es él mismo, y que “adelante ésta la ciudad gris en las tierras del sur”; su increíble encuentro lo lleva a dudar una vez más de su existencia y se pregunta “¿A quien le contaré todo esto si no me lo van a creer?” “A nadie”, se respondió a si mismo, “pero no importa, se lo contaré a mis palabras”.
El recorrido sinuoso por las páginas de este libro, que he tratado de entender; no para la razón, pero sí, para la emoción; ha sido un andado lento para llegar: a Apocalipsis que no existen, a seres inmateriales, hechos solo del verbo; a la memoria colectiva que se opone a olvidar, a la ciudad como recuerdo presente y al inagotable mundo de todas las percepciones cognitivas y sensibles de tantas “cosas inútiles”; que nos conmociona al placer de la lectura de un gran escritor, como Jorge Velasco Mackenzie.
Este texto fue la presentación de la novela “Río de sombras”, en la Casa de la Cultura núcleo del Guayas, cuyo autor es Jorge Velasco.