Arq. Vicente Vargas Ludeña
Se inauguró un nuevo episodio político en la historia nacional este 30 de septiembre. Desde la sincronía estructural, es un instante en la vida de los pueblos; más, desde la diacronía, es la repetición histórica inveterada de la fragilidad de una sociedad que lleva 200 años intentando construir un Estado-nación, y cuando parece que se ha elegido el camino –llámese proyecto- se han acopiado los materiales, ladrillos, se han designado los albañiles, etc.; las paredes del Estado se resquebrajan a veces, otras, se derrumban. Las elites locales, las habían también extranjeras, que contribuyeron a parcelar la Gran Colombia; desde Juan José Flores, hasta el último mohicano, que murió hace poco, León Febres Cordero; jamás comprendieron, no les interesaba ni lo intentaron, salvo unos: Rocafuerte, Eloy Alfaro, y en estas circunstancias sin ser de la gran burguesía Rafael Correa, en constituir un Estado y construir una Nación. Una geografía territorial, solo dibuja un mapa, no una Nación. Tampoco un gobernante, con todos los matices del poder que se le pueda asignar, rodeado y sacralizado por la iglesia católica, no constituye un República. Ese binomio del poder funcionaba perfectamente en el feudalismo. Sin embargo, este modelo de organización política, o por lo menos esa conciencia ideológica, ha pervivido hasta la época presente. Febres Cordero, por ejemplo, encarno con todas las sutilezas, el papel de las pretéritas elites: usufructuar del poder y depredar sin contemplación, sin importar lo exsangüe o raquítica que quede la Nación. Si algún perfil institucional de Estado el Ecuador tenia, este truculento personaje, lo desmantelo, solo algunas piedras quedaron en pie, apunatalados por la esperanza: desde la institución presidencial, la justicia, la legislatura, la fuerzas armadas; nadie antes, ni después hizo tanto daño a la misma policía, convertida en órgano represivo, torturador y asesino, a pretexto de combatir la insurgencia guerrillera. Todo, todo lo depredo, hasta sus congéneres más cercanos se los devoro, “como perro con hambre”. Nada construyo –salvo el malecón en Guayaquil-, nada instituyo, nada respeto; estuvo siempre al acecho del poder por cualquier medio, y por supuesto lo ejerció desde todos los vértices de las pirámides que le pertenecieron: económicas, sociales, de la realpolitik sin miramientos morales o teóricos, y principalmente, como patriarca de las oligarquías muy venidas a menos en el presente, producto de las depresiones del gran capital.
Este arquetipo de político, se ve reflejado en este triste episodio del fracasado golpe de Estado, protagonizado por un conjunto de fuerzas coaligadas. El fenómeno político que estamos viviendo, adquiere dimensiones patológicas en una sociedad enferma y debilitada por ese juego perverso de esos sectores sociales, acolitados, casi siempre, por sacristanes de toda procedencia y de todo credo: ultristas de izquierda –MPD- y fascistas de derecha –el Opus Dei-, dirigentes mestizos indigenizados –CONAI y otras yerbas- mas los facciosos militares y policías rasos. Sin poder faltar a la cita mortecina, carroñeros de la felonía y la traición: Gutiérrez y su jauría. Este desagradable personaje se ha enquistado parasitariamente en la vida política del País, con toda la virulencia de una peste. Es un microbio pernicioso en el organismo social de la Republica. Su estructura microbiana es proporcional a su tamaño moral e intelectual. Y, en este pantanal plagado de saurios, no podían faltar al convite, buitres continentales, también al acecho de gobiernos soberanos, y que son en ultima instancia, los que median entre las estirpes antes nombradas y el Departamento de Estado del imperio. Alguien debe explicar, ¡Que hacía! ¡Quién invito a Quito recientemente!, a personajes expertos en estas faenas, encabezados por J. J. Rendón, asesor en las campañas electorales de Manuel Santos en Colombia, de Porfirio Lobo en Honduras y otros políticos del mismo pelaje.
La dicotomía: golpe de Estado o insurrección, que la derecha fascista por un lado, la izquierda delirante por otro, coreado por la “prensa libre e independiente”, incluidos algunos dirigentes indígenas que debaten diariamente con verdadera fascinación, lleva la impronta indeleble de la triste historia ecuatoriana: ahogarnos en nuestros propios detritus. Es el destino manifiesto: pueblos negados a salir de sus postraciones. Reducir la intentona golpista a episodios anecdotarios, en problemas sicológicos de personalidad del Presidente, requiere aquí, si, tratamiento siquiátrico de estos grupos, porque no están en sus capacidades elementales; al esforzarse inútilmente en hacer tragar a la sociedad sus retorcidas verdades. Al fin y al cabo, en Ecuador la población ha asistido como espectadora y oyente a intensivos seminarios de golpes de Estado civiles y militares; lo cual ha permitido aguzar el olfato y discernir con criterio frente a estos cíclicos eventos.
Los objetivos de la banalización del ahogado golpe, son evidentes: agudizar la campaña mediática; evitarse la estigmatización como felones, traidores, etc.; perfeccionar nuevas estrategias en otros campos de batalla con diferentes peonadas; debilitar el apoyo popular al proyecto político; y por que no, mimetizarse en los sueños y aspiraciones de cambio de la sociedad ecuatoriana con sus pares latinoamericanos.
La inteligencia se resiste a escuchar la letanía insufrible de estos sectores, que de tan heterogéneos que aparentan ser –Indios vs. Burguesía aristocrática, MPD vs. Opus Dei-, han terminado homogenizando su pensamiento, su conciencia, consecuentemente sus acciones frente al actual gobierno, especialmente contra Correa. Correa es el problema. Correa es el alfa y omega de esta Republica. Por lo tanto hay que desaparecerlo, matarlo. Muerto el perro se acabo la rabia. En Venezuela los grupos oligargicos y los agentes del imperio, no se perdonan esa terrible falla: no haber matado a Chávez cuando lo tuvieron cautivo.
El tamaño de la Republica, a veces, es proporcional a la pequeñez de sus grupos dirigentes. Mientras se desarrollaban las acciones de la intentona golpista, los servicios de inteligencia de los países vecinos, Perú y Colombia, proponía a sus gobernantes cerrar las fronteras, ante el conato desestabilizador en el Ecuador; y así lo hicieron. Aquí se negaba. La correcta lectura internacional de los acontecimientos en el país, conducía incontrovertiblemente a los Presidentes latinoamericanos, que en Ecuador se estaba llevando a cabo un hachazo contra la democracia, cuyo objetivo, era el derrocamiento del gobierno legítimamente constituido. Con la experiencia de Honduras, los Presidentes representantes ante la UNASUR, no pensaron más que una sola vez: convocarse en algún lugar. Como así fue. Y en Buenos Aires, al termino de la distancia condenaron, con toda la fuerza moral que les otorga su alta investidura, el golpe y a los golpistas. Mas tarde, los Cancilleres del mismo organismo, en Quito ratificaron el repudio desestabilizador. La OEA, en la antípoda del hemisferio, evalúa los hechos y concluye que en Ecuador, esta en terapia intensiva la democracia; y también acuden en solidaridad con el pueblo y su gobierno. Rafael Correa no era el objeto de la proclama, su vida si, lo fundamental era la estabilidad constitucional. Tampoco el respaldo era a la revolución ciudadana, ni al revolucionario Correa, que no lo es, reformista si. Todos estos países tienen sofisticados cuadros de inteligencia y contra inteligencia, los mismos que concluyeron sin dudar un instante, que en Ecuador había un derrocamiento del gobierno en marcha. Solo aquí, en estos potreros no se quiere entender, y con perversidad se desnaturaliza el golpe, alentando futuras insurrecciones; y se desgañitan agitadamente, que tal cosa no sucedió.
Lo que nos lleva concluir, que si en el País no funciono los servicios inteligencia del Estado y el gobierno; si lo hicieron los servicios de los Países amigos. Tampoco funciona, y parece que no lo hará jamás, la inteligencia fascista, de la izquierda infantil, de los indios mestizados, de la prensa libre e independiente; y lo mismo sucederá con los microorganismos parasitarios de la política nacional –llámese Gutiérrez, Cobo y demás-. Cero inteligencia.
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