ARQ. VICENTE VARGAS LUDEÑA
La dialéctica de los contrarios: el bien y el mal, arriba-abajo, adelante-atrás, luz-tinieblas, bello-feo, falso-verdadero; y todas las oposiciones paradigmáticas de la lengua nos ayudan a construir una estructura simbólica de la cultura, primero; luego, se apropia la conciencia de cada ser y se vuelve herramienta, sin la cual los pueblos carecen de identidad. Estos son los elementos primigenios necesarios sobre los que la humanidad ha levantado el mundo mitológico indispensable en la supervivencia de la razón humana. Es necesaria la existencia del mito, es insustituible la presencia del símbolo.
Ninguna cultura precedente ha sido tan prodiga y prolífica en la construcción del mito, y la mitología como su cosmovisión: los griegos la supieron hacer el leitmotiv de sus existencias, y vivir en la cúspide de su civilización. En las batallas entre Dioses y Titanes; vencieron los primeros, y condenaron a estos, al ostracismo y sufrimientos propios de los vencidos. Solo así, fue posible diseñar el Olimpo, donde moraran por los siglos de los siglos, los dioses benefactores y los dioses justicieros. El botín a repartirse, entre los dioses vencedores, estaba: el cielo que le correspondió a Zeus, a Poseidón la mar océana, y el inframundo al Hades, dios de las tinieblas y el sufrimiento eterno. El cielo y el mar son sustancias objetivas hasta que la mirada las alcanza. El inframundo. No. Este solo es perceptible en la imaginación, en la fantasía, en la verdad de la mentira. Cada civilización ha organizado su propio inframundo, en cualquier lugar y circunstancia. De esta visión cosmogónica nacen las religiones y todas sus secuelas; unas mas humanas, otras mas divinas. Existen marcadas diferencias entre lo humano y lo divino, cuando de colectivizar las creencias se trata.
En el inframundo, reino de la oscuridad, de las tinieblas y la muerte, Hades es el dios gobernante de esas entrañas. Solo sueños y fantasmas habitan esas geografías. Caronte, es el barquero que va y viene, que lleva y trae los muertos tras pagar un óbolo, para pasar de una orilla a otra sobre colóides sulfurosos que forman el Rió Queronte, en el inframundo del sufrimiento y terribles suplicios. Si las tinieblas son el velo de aquel universo, los fantasmas son sus habitantes. Los escenarios de esa geografía, son las agrestes montañas del miedo y el quebranto. Aquí se reproducen con todo su fulgor, las pasiones humanas y toda la concupiscencia de la carne y la riqueza. Por alguna razón el oro y los diamantes en bruto, son enseres del inframundo; también lo son, las joyas preciosamente elaboradas con esos materiales, con las que los vivos, envían al inframundo a sus semidioses a las eternas tumbas de piedra, con forma de pirámides.
Solo tinieblas habitan las profundidades abisales de la mar océana, el mismo espectro llena las entrañas de la tierra y el cosmos infinito. La imperturbable y negra oscuridad es la envolvente universal. Las tinieblas, son también, el continente de lo humanamente posible; son el principio y fin ontológico donde se refugia y enriquece la conciencia metafísica, materia prima indispensable en la construcción de sus propias existencias, ajena a la materialidad cotidiana, sin embargo complementaria; simbiótica entre cuerpo y conciencia. Las intermitencias de la vida y la muerte, el Eros y el Tánatos, son razones imprescindibles para emprender el viaje al inframundo; para crear, para luchar sin tregua en la estéril y necia búsqueda de la eternidad.
La historia humana no da tregua a la fantasía, a la imaginación; con ellas crea mundos de ficción, de mentiras. El ser, necesita de la mentira convertida en mito para levantarle un templo. El planeta esta sembrado de monumentos a la mentira –al mito-. La llegada del cristianismo también tuvo lo suyo, se repartió el mundo: un dios omnipotente creo su propio cielo y en el reina, la santísima trinidad y su hijo unigénico –le llamaron cristo- emperador de la tierra; y a lucifer –el diablo- le toco el infierno: el inframundo. Aquí solo existe un fin: el sufrimiento y el castigo en las deritientes llamas del infierno, o en los anchurosos y procelosos océanos de mierda, donde Satanás es Caronte con su nave patrullando su reinado; los réprobos, reciben su castigo y la maldición hasta la consumación de los siglos en el juicio final. A un intelectual norteamericano, le preguntaron ¿Cuál de estos mundos desearía? El respondió: el cielo por su clima benigno, y el infierno por las compañías. Coincido con el.
Platón en su legendaria Republica crea el Mito de la Caverna. Es el inframundo de las tinieblas de la razón. Seres encadenados que jamás verán la luz, únicamente su propia sombra proyectada en las paredes de la caverna, vidas negadas de su existencia. Hasta que uno de ellos se libera y descubre un universo de luz y de los vivos, que juegan a la racionalidad. Freud, Jung y Hillman, entre otros, han escarbado el inframundo de la conciencia; el Ello, el Yo y el Súper yo. Son niveles desde la superficie a las profundidades del alma. García Márquez defiende ese recóndito mundo del Ello: acepta su vida pública, la privada, y la inaccesible: la secreta, solo le pertenece a el. Todos tenemos un inframundo al cual muchas veces nos negamos a descender; pero aparecen a veces, como pesadillas en los sueños.
Los 33 mineros chilenos que trabajaban en las entrañas de la tierra, arrancándole migajas de oro a las rocas, vivían simultáneamente los dos mundos: el de los vivos cuando estaban en la superficie y el inframundo cuando descendían al fondo de la tierra a sus diarias rutinas. El oro se convertía en el imán, aunque ellos quizás nunca lo disfruten, los atraía sin asomos de miedo, razones suficientes para entrar de la luz a las tinieblas, en comunión estrecha con el presente y el pasado; el futuro no importaba. El porvenir, es de las fantasías y de los fantasmas en esas profundidades. Es mucha la distancia entre el arriba y abajo, entre la luz y las tinieblas. Nadie como ellos, conoce el silencio y la oscuridad total. Nadie como ellos conoce los meandros que han construido en los abismos de la entrañas. Pero, tienen una sola entrada. La salida depende del can cerbero que vigila el inframundo; tampoco existe un fin. No van a parte alguna, salvo la que se puedan imaginar que hay más allá del taladro que orada la roca. ¿Acaso tienen conciencia del inframundo que cavan y viven? No. Eso lo descubren, solo, cuando la salida de esa inmensa ratonera se derrumba. En aquel momento se volvieron habitantes de la entrañas del monstruo, en transito a la muerte. Su realidad, ahora, es una corrosiva incertidumbre, es la pesadilla del pasado, el sufrimiento sin esperanzas del cuerpo, la resignación y el más atroz torbellino imaginario en ese inframundo en proceso de transformación acelerado para convertirse en mito. Ellos, a los que la profundidad de la tierra se los trago, van camino a rielar el mundo de los muertos. Mientras se muevan, respiren, construyan sueños, recordaran el arriba y la luz; hasta que aquello suceda, cada vez se va extinguiendo, hasta, la esperanza. Si la vida se les extingue, aquel mismo lugar será su sepulcro, y a su vez el propio inframundo en el que sus almas deambularan penando por un rescate. No existirá otro.
El can cerbero, guardián que tapona la salida del inframundo es el propio material que esta compuesto la caverna: la roca. Sin embargo, arriba, el mundo de los vivos tantea las pulsaciones de la montaña, mientras la bóveda de la caverna es una enorme y pesada lapida, en ella, apenas caben, nada más que los sueños: que Caronte, el barquero atraviese la roca y los encuentre para llevarlos al mundo de los vivos.
La capsula Fénix, también pájaro mitológico, metáfora de Eros y el Tánatos, fue la barca del remero, que se hundía en las entrañas del agujero construido como poro orgánico, y del cual esporádicamente brotaban fantasmas arrancados de las garras del inframundo, ahora hombres, devueltos a la vida.