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domingo, 17 de octubre de 2010

EL INFRAMUNDO

ARQ. VICENTE VARGAS LUDEÑA
La dialéctica de los contrarios: el bien y el mal, arriba-abajo, adelante-atrás, luz-tinieblas, bello-feo, falso-verdadero; y todas las oposiciones paradigmáticas de la lengua nos ayudan a construir una estructura simbólica de la cultura, primero; luego, se apropia la conciencia de cada ser y se vuelve herramienta, sin la cual los pueblos carecen de identidad. Estos son los elementos primigenios necesarios sobre los que la humanidad ha levantado el mundo mitológico indispensable en la supervivencia de la razón humana. Es necesaria la existencia del mito, es insustituible la presencia del símbolo.
Ninguna cultura precedente ha sido tan prodiga y prolífica en la construcción del mito, y la mitología como su cosmovisión: los griegos la supieron hacer el leitmotiv de sus existencias, y vivir en la cúspide de su civilización. En las batallas entre Dioses y Titanes; vencieron los primeros, y condenaron a estos, al ostracismo y sufrimientos propios de los vencidos. Solo así, fue posible diseñar el Olimpo, donde moraran por los siglos de los siglos, los dioses benefactores y los dioses justicieros. El botín a repartirse, entre los dioses vencedores, estaba: el cielo que le correspondió a Zeus, a Poseidón la mar océana, y el inframundo al Hades, dios de las tinieblas y el sufrimiento eterno. El cielo y el mar son sustancias objetivas hasta que la mirada las alcanza. El inframundo. No. Este solo es perceptible en la imaginación, en la fantasía, en la verdad de la mentira. Cada civilización ha organizado su propio inframundo, en cualquier lugar y circunstancia. De esta visión cosmogónica nacen las religiones y todas sus secuelas; unas mas humanas, otras mas divinas. Existen marcadas diferencias entre lo humano y lo divino, cuando de colectivizar las creencias se trata.
En el inframundo, reino de la oscuridad, de las tinieblas y la muerte, Hades es el dios gobernante de esas entrañas. Solo sueños y fantasmas habitan esas geografías. Caronte, es el barquero que va y viene, que lleva y trae los muertos tras pagar un óbolo, para pasar de una orilla a otra sobre colóides sulfurosos que forman el Rió Queronte, en el inframundo del sufrimiento y terribles suplicios. Si las tinieblas son el velo de aquel universo, los fantasmas son sus habitantes. Los escenarios de esa geografía, son las agrestes montañas del miedo y el quebranto. Aquí se reproducen con todo su fulgor, las pasiones humanas y toda la concupiscencia de la carne y la riqueza. Por alguna razón el oro y los diamantes en bruto, son enseres del inframundo; también lo son, las joyas preciosamente elaboradas con esos materiales, con las que los vivos, envían al inframundo a sus semidioses a las eternas tumbas de piedra, con forma de pirámides.
Solo tinieblas habitan las profundidades abisales de la mar océana, el mismo espectro llena las entrañas de la tierra y el cosmos infinito. La imperturbable y negra oscuridad es la envolvente universal. Las tinieblas, son también, el continente de lo humanamente posible; son el principio y fin ontológico donde se refugia y enriquece la conciencia metafísica, materia prima indispensable en la construcción de sus propias existencias, ajena a la materialidad cotidiana, sin embargo complementaria; simbiótica entre cuerpo y conciencia. Las intermitencias de la vida y la muerte, el Eros y el Tánatos, son razones imprescindibles para emprender el viaje al inframundo; para crear, para luchar sin tregua en la estéril y necia búsqueda de la eternidad.
La historia humana no da tregua a la fantasía, a la imaginación; con ellas crea mundos de ficción, de mentiras. El ser, necesita de la mentira convertida en mito para levantarle un templo. El planeta esta sembrado de monumentos a la mentira –al mito-. La llegada del cristianismo también tuvo lo suyo, se repartió el mundo: un dios omnipotente creo su propio cielo y en el reina, la santísima trinidad y su hijo unigénico –le llamaron cristo- emperador de la tierra; y a lucifer –el diablo- le toco el infierno: el inframundo. Aquí solo existe un fin: el sufrimiento y el castigo en las deritientes llamas del infierno, o en los anchurosos y procelosos océanos de mierda, donde Satanás es Caronte con su nave patrullando su reinado; los réprobos, reciben su castigo y la maldición hasta la consumación de los siglos en el juicio final. A un intelectual norteamericano, le preguntaron ¿Cuál de estos mundos desearía? El respondió: el cielo por su clima benigno, y el infierno por las compañías. Coincido con el.
Platón en su legendaria Republica crea el Mito de la Caverna. Es el inframundo de las tinieblas de la razón. Seres encadenados que jamás verán la luz, únicamente su propia sombra proyectada en las paredes de la caverna, vidas negadas de su existencia. Hasta que uno de ellos se libera y descubre un universo de luz y de los vivos, que juegan a la racionalidad. Freud, Jung y Hillman, entre otros, han escarbado el inframundo de la conciencia; el Ello, el Yo y el Súper yo. Son niveles desde la superficie a las profundidades del alma. García Márquez defiende ese recóndito mundo del Ello: acepta su vida pública, la privada, y la inaccesible: la secreta, solo le pertenece a el. Todos tenemos un inframundo al cual muchas veces nos negamos a descender; pero aparecen a veces, como pesadillas en los sueños.
Los 33 mineros chilenos que trabajaban en las entrañas de la tierra, arrancándole migajas de oro a las rocas, vivían simultáneamente los dos mundos: el de los vivos cuando estaban en la superficie y el inframundo cuando descendían al fondo de la tierra a sus diarias rutinas. El oro se convertía en el imán, aunque ellos quizás nunca lo disfruten, los atraía sin asomos de miedo, razones suficientes para entrar de la luz a las tinieblas, en comunión estrecha con el presente y el pasado; el futuro no importaba. El porvenir, es de las fantasías y de los fantasmas en esas profundidades. Es mucha la distancia entre el arriba y abajo, entre la luz y las tinieblas. Nadie como ellos, conoce el silencio y la oscuridad total. Nadie como ellos conoce los meandros que han construido en los abismos de la entrañas. Pero, tienen una sola entrada. La salida depende del can cerbero que vigila el inframundo; tampoco existe un fin. No van a parte alguna, salvo la que se puedan imaginar que hay más allá del taladro que orada la roca. ¿Acaso tienen conciencia del inframundo que cavan y viven? No. Eso lo descubren, solo, cuando la salida de esa inmensa ratonera se derrumba. En aquel momento se volvieron habitantes de la entrañas del monstruo, en transito a la muerte. Su realidad, ahora, es una corrosiva incertidumbre, es la pesadilla del pasado, el sufrimiento sin esperanzas del cuerpo, la resignación y el más atroz torbellino imaginario en ese inframundo en proceso de transformación acelerado para convertirse en mito. Ellos, a los que la profundidad de la tierra se los trago, van camino a rielar el mundo de los muertos. Mientras se muevan, respiren, construyan sueños, recordaran el arriba y la luz; hasta que aquello suceda, cada vez se va extinguiendo, hasta, la esperanza. Si la vida se les extingue, aquel mismo lugar será su sepulcro, y a su vez el propio inframundo en el que sus almas deambularan penando por un rescate. No existirá otro.
El can cerbero, guardián que tapona la salida del inframundo es el propio material que esta compuesto la caverna: la roca. Sin embargo, arriba, el mundo de los vivos tantea las pulsaciones de la montaña, mientras la bóveda de la caverna es una enorme y pesada lapida, en ella, apenas caben, nada más que los sueños: que Caronte, el barquero atraviese la roca y los encuentre para llevarlos al mundo de los vivos.
La capsula Fénix, también pájaro mitológico, metáfora de Eros y el Tánatos, fue la barca del remero, que se hundía en las entrañas del agujero construido como poro orgánico, y del cual esporádicamente brotaban fantasmas arrancados de las garras del inframundo, ahora hombres, devueltos a la vida.

viernes, 8 de octubre de 2010

SEAMOS, MEDIANAMENTE INTELIGENTES

Arq. Vicente Vargas Ludeña
Se inauguró un nuevo episodio político en la historia nacional este 30 de septiembre. Desde la sincronía estructural, es un instante en la vida de los pueblos; más, desde la diacronía, es la repetición histórica inveterada de la fragilidad de una sociedad que lleva 200 años intentando construir un Estado-nación, y cuando parece que se ha elegido el camino –llámese proyecto- se han acopiado los materiales, ladrillos, se han designado los albañiles, etc.; las paredes del Estado se resquebrajan a veces, otras, se derrumban. Las elites locales, las habían también extranjeras, que contribuyeron a parcelar la Gran Colombia; desde Juan José Flores, hasta el último mohicano, que murió hace poco, León Febres Cordero; jamás comprendieron, no les interesaba ni lo intentaron, salvo unos: Rocafuerte, Eloy Alfaro, y en estas circunstancias sin ser de la gran burguesía Rafael Correa, en constituir un Estado y construir una Nación. Una geografía territorial, solo dibuja un mapa, no una Nación. Tampoco un gobernante, con todos los matices del poder que se le pueda asignar, rodeado y sacralizado por la iglesia católica, no constituye un República. Ese binomio del poder funcionaba perfectamente en el feudalismo. Sin embargo, este modelo de organización política, o por lo menos esa conciencia ideológica, ha pervivido hasta la época presente. Febres Cordero, por ejemplo, encarno con todas las sutilezas, el papel de las pretéritas elites: usufructuar del poder y depredar sin contemplación, sin importar lo exsangüe o raquítica que quede la Nación. Si algún perfil institucional de Estado el Ecuador tenia, este truculento personaje, lo desmantelo, solo algunas piedras quedaron en pie, apunatalados por la esperanza: desde la institución presidencial, la justicia, la legislatura, la fuerzas armadas; nadie antes, ni después hizo tanto daño a la misma policía, convertida en órgano represivo, torturador y asesino, a pretexto de combatir la insurgencia guerrillera. Todo, todo lo depredo, hasta sus congéneres más cercanos se los devoro, “como perro con hambre”. Nada construyo –salvo el malecón en Guayaquil-, nada instituyo, nada respeto; estuvo siempre al acecho del poder por cualquier medio, y por supuesto lo ejerció desde todos los vértices de las pirámides que le pertenecieron: económicas, sociales, de la realpolitik sin miramientos morales o teóricos, y principalmente, como patriarca de las oligarquías muy venidas a menos en el presente, producto de las depresiones del gran capital.
Este arquetipo de político, se ve reflejado en este triste episodio del fracasado golpe de Estado, protagonizado por un conjunto de fuerzas coaligadas. El fenómeno político que estamos viviendo, adquiere dimensiones patológicas en una sociedad enferma y debilitada por ese juego perverso de esos sectores sociales, acolitados, casi siempre, por sacristanes de toda procedencia y de todo credo: ultristas de izquierda –MPD- y fascistas de derecha –el Opus Dei-, dirigentes mestizos indigenizados –CONAI y otras yerbas- mas los facciosos militares y policías rasos. Sin poder faltar a la cita mortecina, carroñeros de la felonía y la traición: Gutiérrez y su jauría. Este desagradable personaje se ha enquistado parasitariamente en la vida política del País, con toda la virulencia de una peste. Es un microbio pernicioso en el organismo social de la Republica. Su estructura microbiana es proporcional a su tamaño moral e intelectual. Y, en este pantanal plagado de saurios, no podían faltar al convite, buitres continentales, también al acecho de gobiernos soberanos, y que son en ultima instancia, los que median entre las estirpes antes nombradas y el Departamento de Estado del imperio. Alguien debe explicar, ¡Que hacía! ¡Quién invito a Quito recientemente!, a personajes expertos en estas faenas, encabezados por J. J. Rendón, asesor en las campañas electorales de Manuel Santos en Colombia, de Porfirio Lobo en Honduras y otros políticos del mismo pelaje.
La dicotomía: golpe de Estado o insurrección, que la derecha fascista por un lado, la izquierda delirante por otro, coreado por la “prensa libre e independiente”, incluidos algunos dirigentes indígenas que debaten diariamente con verdadera fascinación, lleva la impronta indeleble de la triste historia ecuatoriana: ahogarnos en nuestros propios detritus. Es el destino manifiesto: pueblos negados a salir de sus postraciones. Reducir la intentona golpista a episodios anecdotarios, en problemas sicológicos de personalidad del Presidente, requiere aquí, si, tratamiento siquiátrico de estos grupos, porque no están en sus capacidades elementales; al esforzarse inútilmente en hacer tragar a la sociedad sus retorcidas verdades. Al fin y al cabo, en Ecuador la población ha asistido como espectadora y oyente a intensivos seminarios de golpes de Estado civiles y militares; lo cual ha permitido aguzar el olfato y discernir con criterio frente a estos cíclicos eventos.
Los objetivos de la banalización del ahogado golpe, son evidentes: agudizar la campaña mediática; evitarse la estigmatización como felones, traidores, etc.; perfeccionar nuevas estrategias en otros campos de batalla con diferentes peonadas; debilitar el apoyo popular al proyecto político; y por que no, mimetizarse en los sueños y aspiraciones de cambio de la sociedad ecuatoriana con sus pares latinoamericanos.
La inteligencia se resiste a escuchar la letanía insufrible de estos sectores, que de tan heterogéneos que aparentan ser –Indios vs. Burguesía aristocrática, MPD vs. Opus Dei-, han terminado homogenizando su pensamiento, su conciencia, consecuentemente sus acciones frente al actual gobierno, especialmente contra Correa. Correa es el problema. Correa es el alfa y omega de esta Republica. Por lo tanto hay que desaparecerlo, matarlo. Muerto el perro se acabo la rabia. En Venezuela los grupos oligargicos y los agentes del imperio, no se perdonan esa terrible falla: no haber matado a Chávez cuando lo tuvieron cautivo.
El tamaño de la Republica, a veces, es proporcional a la pequeñez de sus grupos dirigentes. Mientras se desarrollaban las acciones de la intentona golpista, los servicios de inteligencia de los países vecinos, Perú y Colombia, proponía a sus gobernantes cerrar las fronteras, ante el conato desestabilizador en el Ecuador; y así lo hicieron. Aquí se negaba. La correcta lectura internacional de los acontecimientos en el país, conducía incontrovertiblemente a los Presidentes latinoamericanos, que en Ecuador se estaba llevando a cabo un hachazo contra la democracia, cuyo objetivo, era el derrocamiento del gobierno legítimamente constituido. Con la experiencia de Honduras, los Presidentes representantes ante la UNASUR, no pensaron más que una sola vez: convocarse en algún lugar. Como así fue. Y en Buenos Aires, al termino de la distancia condenaron, con toda la fuerza moral que les otorga su alta investidura, el golpe y a los golpistas. Mas tarde, los Cancilleres del mismo organismo, en Quito ratificaron el repudio desestabilizador. La OEA, en la antípoda del hemisferio, evalúa los hechos y concluye que en Ecuador, esta en terapia intensiva la democracia; y también acuden en solidaridad con el pueblo y su gobierno. Rafael Correa no era el objeto de la proclama, su vida si, lo fundamental era la estabilidad constitucional. Tampoco el respaldo era a la revolución ciudadana, ni al revolucionario Correa, que no lo es, reformista si. Todos estos países tienen sofisticados cuadros de inteligencia y contra inteligencia, los mismos que concluyeron sin dudar un instante, que en Ecuador había un derrocamiento del gobierno en marcha. Solo aquí, en estos potreros no se quiere entender, y con perversidad se desnaturaliza el golpe, alentando futuras insurrecciones; y se desgañitan agitadamente, que tal cosa no sucedió.
Lo que nos lleva concluir, que si en el País no funciono los servicios inteligencia del Estado y el gobierno; si lo hicieron los servicios de los Países amigos. Tampoco funciona, y parece que no lo hará jamás, la inteligencia fascista, de la izquierda infantil, de los indios mestizados, de la prensa libre e independiente; y lo mismo sucederá con los microorganismos parasitarios de la política nacional –llámese Gutiérrez, Cobo y demás-. Cero inteligencia.