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viernes, 23 de julio de 2010

50 AÑOS DESPUÉS


VICENTE VARGAS LUDEÑA
Volver a Cuenca, la ciudad de mis aprendizajes, por las mismas razones que lo hice hace 25 años cuando a mis ex condiscípulos del Colegio Benigno Malo se les ocurrió celebrar ese aniversario memorable; hoy lo hago nuevamente, después de otros 25. Bodas de oro los llaman a los 50 años del bachillerato. No es poco tiempo. Es medio siglo. Son algunas generaciones, muchos nietos, y tal vez algunos bisnietos. Este acontecimiento, indudablemente, es una poderosa razón para escarbar en la memoria aquellos seis años que tuve la dicha de vivirlos, cuando mi consciencia estaba recién despertando a la cosmogonía que me ayudaría a comprender la dialéctica realidad que me envolverá toda la vida.
Pero la memoria en los umbrales de los 70 años de edad, es mezquina para decantar lo vivido; por eso invocando el mágico realismo de G. García Márquez, me refugio en el que dice: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y como recuerda para contarla”; eso es, los recuerdos son pinceladas expresionistas que retratan, a veces, con fulgor y otras, veladas imágenes de la ciudad, de la gente, los colegios que transite, los compañeros, los maestros, las anécdotas, episodios, circunstancias; en fin, la vida misma, en un lapso de tiempo maravilloso y vital.
El mismo día que llegue para la celebración, realice un recorrido por las mismas piedras de las mismas calles que van y vienen, que llevan y traen del Colegio Salesiano; y cual asesino que regresa, imperceptiblemente, a la escena del crimen, medí el tiempo y los espacios que en el pasado cumplían una función: el patio de recreo, el enorme comedor, los dormitorios, las aulas y otros que han desaparecido por el cambio de uso de esos lugares, revivificando múltiples momentos de una casi niñez, que viví interno en aquel claustro. Siempre que he viajado a Cuenca me magnetizan esos edificios que fueron monasterio, y cumplo el ritual del asesino ignoto. En aquel Colegio, espiritual por antonomasia, iba dejando la ingenua candidez -que mas tarde seria brusca con el cambio a otro colegio- traída de los pueblos de la frontera sur. En ese lugar los misterios divinos de la existencia se acentuaban, adquirían categorías evangélicas, incuestionables, acabadas e irreductibles. El contexto siempre rodeado de olor a inciencio, a beatificación. El martirio y el sufrimiento adquiría cánones de perfección, aunque la misma congregación Salesiana no practicaba esos silicios, la vida de los hombres perfectos (los santos) de la Iglesia lo habían practicado siempre como forma de negar la tentación de la carne y la remisión de los pecados. Sin consciencia plena, más bien con temor y miedo avanzaba sin pensar en los complejos estadios que debía superar para llegar hasta donde me habían diseñado las metas, y yo concurrido hasta ahí, con la vida inquieta y aguda curiosidad: ser sacerdote; lo cual lo veía, como remota posibilidad. Pero estas mismas energías internas, llenas de misticismo y subjetividad que iban modelando un esquema mental escolástico, religioso y sobrenatural; mas tarde se convirtieron en fuerzas demoledoras de esa consciencia ingenua, para recurrir a la única vía trascendente de la razón y la racionalidad: el conocimiento objetivo del mundo que me rodea; y de esa manera volcar todas las capacidades racionales para su cabal comprensión, desechando abstracciones sobrenaturales, subjetivas y platónicas. Buscar el bien y la verdad por otros caminos, sumándome al pensamiento de Albert Einstein, “la búsqueda de la verdad es mas preciosa que su posesión”. O la socrática ruta, “Solo hay un bien: el conocimiento. Solo hay un mal: la ignorancia”; desde entonces, “nada de lo humano me es ajeno”. Sin embargo, debo admitir, la inmejorable calidad y calidez de la enseñanza, la dedicación exclusiva –no existía otro objetivo que estudiar y rezar-, el orden, la armonía, la disciplina, etc. eran un estilo de vida, en el que, el tiempo no parecía transcurrir; mas aun cuando cada uno de nosotros estaba balbuceando el conocimiento, y a la vida, no le debíamos mas que el vigor y la esperanza.
La peregrinación de hoy, lleva una enorme carga de recuerdos y fantasmas. Más, creo, que son fantasmas que realidades vividas; ni los unos, ni las otras son fáciles de construir, requieren la secuencia histórica de una vida; y tampoco, esta vida esta en la historia. Igualmente este texto no es para hablar de mí, sino, es para reflexionar, como ese lugar y las circunstancias modelan, para bien o para mal la existencia. Aquí y ahora, creo siempre, que fueron para bien.
La Cuenca que abandone hace 50 años para buscar otro lugar donde aprender como ganarme la vida, le estaba llegando los vientos alisios de la modernidad; y se disponía a abandonar su cascaron colonial y expandirse por las colinas y los valles con la fuerza que los nuevos modelos económicos, políticos y sociales contagiaban a la nación ecuatoriana. La Cuenca que conocí, cuando arribe por primera vez, tenia sus limites invariables por décadas, perfectamente tangibles; sus coordenadas geométricas se definían por sendas Iglesias –es lo que abunda- en cada extremo de ellas: San Sebastián-San Blas la una, Maria Auxiliadora-San Francisco la otra. Eran, esos los ejes con que se construían los límites del damero canónico, creado y regulado desde la colonia. El Barranco, que luego adquiere borde urbano y terraza-balcón sobre el Rió Tomebamba, era eso, el abismo limítrofe de otros horizontes ajenos a la “cite”. Fuera de esos ejes, pasábamos a los extramuros, -claro, virtuales porque no había murallas-, y de pronto aparecía la verde campiña en la que apacentaban apacibles vaquitas y de los techos de tejas de las casas de barro, salía el humo que los fogones con leña atizaban el café de la mañana fría.
Con ese bagaje emigre a un Colegio señero de la misma ciudad. Era, y es icono académico, arquitectónico y urbano; el ecléctico estilo neoclásico con sus desnudas paredes de ladrillo lo convierten en templo -no en iglesia-; sin ser descomunal, es imponente; sin ser símbolo de poder, lo es del saber; sus escalinatas signos de laberintos reales, conducen a la digna majestad del deber ser. A este Colegio peregrinamos cada 25 años para encontrarnos con los compañeros que añoramos ese pasado. La pasada convocatoria fue nutrida, espontánea, festiva, ceremonial, reflexiva, incluso algunos habíamos llegado con las esposas; pero este acontecimiento quedo ya en el recuerdo. Lo que nos proponíamos ahora, después de los cincuenta años del bachillerato, era un nuevo encuentro. Las preocupaciones inmediatas son las búsquedas, localizaciones, llamadas, anuncios de lo que debíamos celebrar, que debíamos peregrinar de cualquier lugar de la patria, a Cuenca, al santuario de nuestra juventud: el Colegio. La euforia para los que nos enteramos y trazamos el itinerario para estar en la cita, era variada en emociones y deseos.
El encuentro traía sorpresas premonitoras. Algunos ya no estarían jamás, habían muerto, incluso unos, hace pocos días. Otros, aunque lo deseaban hondamente, no pudieron llegar porque algo de su vida se había interrumpido; también, es una conjetura, los habrán habido aquellos que derrumbados por una vejez precoz, no quisieron compartir sus avatares. Tampoco los que asistimos, estábamos rebosantes de salud y de optimismo, de alegría, si; aunque internamente el implacable e inexorable tiempo, estuviera carcomiéndonos la vida. Al fin y al cabo estamos traspasando las herrumbrosas puertas de la vejez, donde los procesos de debilitamiento y deterioro de las células, tejidos, órganos, emociones, sentimientos, terminaran arrasándonos como un vendaval. En realidad, estuvimos pocos, pero nos encargamos con las anécdotas y los recuerdos, traerlos a todos al convite, incluidos los maestros con su respectiva “chapa”, lo que provoco que el recinto se abarrotara de fantasmas.
El maestro de ceremonias, sin nombramiento, de protocolo, de recepción e identificación de los personajes, fue Juan Méndez, exitoso militar de carrera, ahora retirado; fiel compañero, gran amigo, buen conversador, alegre y hasta cantante; junto a Mario Peñaherrera, abogado de profesión, también empedernido músico guitarrero le pusieron sonido y compás a la tarde. En el pasado fueron integrantes del dúo dinámico -en aquellos tiempos no habían parido aun a Batman ni Robin-; el Bombolo y el Zorro, verdaderos azotes de los maestros, de los compañeros, del vecindario y de todo aquel que caía en sus pillerías. La mañana, la tarde y parte de la noche se agoto entre remembranzas, cachos, consejos, música y copas. Íbamos quedando cada vez menos, la noche y los tragos hacían sus efectos, se renovaban las promesas de vernos nuevamente, el Colegio cumple 150 años de fundación en tres años, eran deseos, promesas nada más. Creo que no habrá convocatorias para otros 25 años, porque la mayoría, para esa época, ya estaremos convirtiéndonos en partículas de la misma materia que están compuestas las estrellas. Sin embargo, alguien o algunos todavía, darán batalla contra la muerte para ese tiempo. Bien por ellos.
Una mirada global del presente-pasado nos muestra como cada uno de nosotros, desde su cosmovisión, sigue construyendo su propia existencia. La búsqueda de sentido a la vida es una constante del hombre de bien. Son las utopías, las que alimentan la esperanza y fortalecen la perseverancia, “el que tiene -dice Nietzsche- porque vivir, puede soportar casi cualquier como”. Todos los que concurrimos a la cita, y de los que alguna noticia tuvimos, considero, seguimos filosofando; es decir, cada vez con más preguntas que respuestas obtenidas de nuestras propias existencias; lo cual hace que la búsqueda se vuelva mas incesante. Y como dijo Mario, –El Zorro- sanos éramos. Buenos ciudadanos, creo que somos. El Colegio y su mundo tallo en nuestras consciencias la dialéctica de la lógica –la razón-, de la ética –el bien- y de la estética, el placer de lo bello. Con esos principios seguimos caminando por la vida.