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domingo, 3 de enero de 2010

OBITUARIO A LA MUERTE G. TOWNSEND

OBITUARIO

A LA MUERTE DE GABRIEL TOWNSEND M.

Recordar los caminos recorridos, momentos vividos con alguien que acaba de dejarnos en esta vida, es un acto penoso; pero es inevitable, aparece en la memoria casi involuntariamente. Ese pensamiento nos acecha, como sombra proyectada en el horizonte; se vuelve surrealista como los cuadros de Chirico. Nos persigue hasta que es necesario exorcizarla. Para ello se requiere plasmar un mural de esos recuerdos, donde consten los principales contrastes de la vida pasada, auque sea monocromática, poco importan los colores. Lo que importa es el orden, la sincera y transparente valoración del amigo que se alejó.

Gabriel “el Chino”, nombre universal, para distinguirlo entre los demás, fue distinto precisamente por eso; sin ser asiático ni tener ascendencia de allá. Así se llamó para toda la vida, para todos los amigos. Era universal por su talento, su inteligencia, su planetaria cosmovisión. Era brillante para comprender un axioma racionalizador, como para expresar sensiblemente con el color y la forma una sencilla belleza. Nació y creció con la lucidez para diletar consigo mismo; de igual manera con las destrezas necesarias para realizar lo que sentía. No fue un diletante filosófico, jamás lo conocí así, tampoco un teórico fenomenológico. Su teoría y praxis, era hacer pragmáticamente, lo que su percepción y destrezas lo guiaban. Me atrevería ha expresar, que su comprensión del mundo que lo rodeaba era congénita, no necesitaba aprenderla, solo interrelacionarla con su yo, para aprehenderla después. Todos los que lo rodeamos con afecto unos, con admiración otros; nos asombraba la sutileza de su comprensión y reacción a los estímulos del conocimiento y a la sensibilidad estética. En eso consistía la universalidad del Chino; sin llegar a ser un técnico de la física quántica ni un artista de la bohemia plástica; lo fue para si, un racionalista y sensible esteta. Un enamorado de la vida trazada, recorrida, forjada y vivida con todos los melindres del buen vivir y también del mal vivir.

De todas partes llegaban hasta él: para aprender, para compartir; y algunos lo hicimos por mucho tiempo, en los primaverales tiempos, para filosofar en los tráfagos del humo del tabaco y el alcohol de la cantina; y en esa exultante embriagadora neblina surgía el deseo de vencer a la vida. Por siempre y para siempre.

A pesar del talento abrumador, de su inteligencia desbordante; vivió silenciosamente, y casi con esa frugalidad alimentó su ego. Un verdadero lobo estepario; siempre sencillo, sin poses, ajeno al boato. Talvez esa fue su tragedia, pero no su derrota, las ambiciones espurias no calzaban en su espíritu. Una mezquina ambición, lo volvería canalla; el Chino estaba muy lejos para acercarse a ese fango. Por eso prefirió el discreto silencio; y en anacoreta misantropía la muerte lo atrapó.

Vicente Vargas Ludeña

Guayaquil, 2 enero 2010